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Por qué no hacemos Sparring (II): Detrás de las fuentes

En la primera parte indicamos que la forma de entrenar autoprotección o defensa personal —a falta de experiencia, referencias o de contexto—, se nutre directamente de los deportes de combate, del espectáculo y de fuentes tan inverosímiles como el cine (aunque esto no se admita).

Dijimos que esto deriva en una práctica no acorde con la realidad, en la que se entrenan mitos y elucubraciones nunca antes cuestionados. Todo esto salió a la luz por los practicantes o instructores que afirman que «sólo se puede aprender a pelear haciendo sparring«. Y por ende, las escuelas donde no se practica, son una pérdida de tiempo.

Pero antes de exponer porqué la pelea deportiva no es el mejor modelo a seguir, vamos a recordar unos puntos importantes, que lo fastuoso del espectáculo y el teatro mediático, nos hacen olvidar (Ring aquí designa cualquier escenario deportivo).

EL RING Y EL ASFALTO

Pelea Deportiva Pelea Callejera
Reglas  Existe un acuerdo mutuo con reglas preestablecidas y condicionadas previamente, que un árbitro se encarga de mantener. No existe regulación y el nivel de violencia depende de los individuos involucrados, su estado de disociación, moralidad o falta de ella.
Duración   Las reglas, los rounds fijos y el negocio del espectáculo fuerzan la duración de la pelea. El promedio en la UFC es de 9 minutos. En la calle se busca instintivamente terminar la pelea lo antes posible o inclusive huir. Por lo tanto, suele durar menos de 60 segundos.
Patrón  En el Ring se busca previamente y durante el combate ‘estudiar’ el comportamiento del adversario para determinar un patrón que facilite el contraataque. En la calle no existe tiempo de dicha observación debido a la rapidez con la que se desarrollan los hechos, lo que en segundos vuelve el análisis imposible.
Entorno  En el Ring los rivales parten frente a frente, con una distancia y una iluminación óptima que permite observar íntegramente al adversario. En la calle no hay reglas de inicio: puede ser desde cualquier distancia, cualquier posición, sin aviso e incluso por la espalda.
Equidad En el Ring todo suele ser equitativo: uno contra uno, mismas armas, mismo rango de peso. Se minimiza en lo posible toda desproporción. En la calle es muy factible la desproporción: que se involucren otras personas —con motivo o sin motivo—, que el agresor pese 50 kilos más.
Novedad   En el Ring, entorno, reglas y rival son conocidos. Por lo tanto,  no hay novedad posible (a excepción, quizá, que te muerdan una oreja). En la calle la pelea se puede encadenar fácilmente con otra —con intervinientes nuevos—, objetos imprevisibles, armas, Etc.

Podría seguir enumerando diferencias —hay muchas más, sin incluir las consecuencias legales—, pero creo que estas son las más relevantes para nuestro punto: la preparación.

Pero antes de seguir, voy a dejar en claro que no pretendo deslegitimar los deportes de contacto —de los cuales, estuve años obsesionado—, ni tampoco ir de listillo repitiendo en bucle “en la calle no hay reglas” como algunos instructores de reality based self-defense. Pero ignorar los factores que diferencian la pelea deportiva de la real, es sumamente inmaduro y va en detrimento del practicante que tiene como objetivo la autoprotección.

Así que vamos más allá.

LA INDUSTRIA DEL ENGAÑO

En el año 1937 ya el escritor francés Celine mencionaba —con su estilo habitual—, que todas las peleas de boxeo estaban amañadas: “La radio, el deporte, […] todo eso es mierda. […] todos los combates de boxeo […] están trucados […]”.

Obviamente se refería a combates con cierta relevancia mediática. Y aunque siempre se le ha tachado de loco, a día de hoy es ampliamente reconocido que las mafias controlaban las peleas entre los años 1930 y 1950.

A día de hoy se reconoce que las mafias controlaban las peleas en los años 30.

Ahora, a diferencia de lo que piensan muchos, los amaños no han desaparecido. Una prueba de ello es la investigación a la UFC, llevada a cabo por las comisiones deportivas. En concreto, del caso Dulgarian, cuya derrota se sospecha que está vinculada a las apuestas.

A pesar de que el presidente del Ultimate Fighting niega los rumores, hay indicadores —luchadores que confiesan y luego se retractan— de que no se trata de casos aislados. Incluso, periodistas deportivos comentan que podrían llegar a ser cientos los peleadores a quiénes han ofrecido dinero para perder.

Podrían ser cientos los casos de derrotas pactadas

Por último, no es un secreto que la UFC tiene un pacto comercial —además de datos emitidos en tiempo real, es decir, durante la pelea— con casas de apuestas. Esto es clave, pues mientras más apuestas, más dinero. Lo que crea una presión abismal sobre las peleas y un evidente conflicto de interés.

LA TRAMA FAMILIAR

El Brazilian Juijitsu se dió a conocer en los años noventa como algo espectacular. Tíos medianos sometiendo a bestias enormes con lo que parecía magia. Y cómo si fuera poco, se descubrió que el 90% de las peleas terminaban en el suelo. Por lo tanto, la pregunta de oro —¿cuál es el mejor Arte Marcial para defenderse?—, ya tenía respuesta.

El BJJ es uno de los deportes clave en la UFC. Y el que no domine el suelo, no es un luchador completo —comentan los expertos. Sin embargo, cabría preguntarse si esto nace de forma natural, o si tiene alguna relación que el co-fundador de la UFC, haya sido Rorion Gracie, hijo de Helio Gracie, creador del Brazilian Juijitsu.

No lo sé, pero en otra dimensión, si el co-fundador y productor es hijo del creador del método, con el que actúa como juez, mientras el competidor es su hermano (Royce). Sería razonable sospechar que el BJJ haya tenido un trato preferente como deporte estelar en la UFC.

Podría caber la duda que el BJJ se haya impuesto de forma natural

Para colmo, resultó que el famoso mito del 90%, provenía de un estudio policial, en el cual se observa en 62% de los arrestos, que el sospechoso acaba esposado en el suelo. Los Gracie lo sacaron de contexto, y lo llevaron nada menos que hasta un 90-95%. Lo que se propagó como la pólvora, hasta que un tío con demasiado tiempo libre, Chris Leblanc, se puso a revisar su origen.

DETRÁS DE LO PROHIBIDO

Uno de los argumentos más escuchados por los defensores del sparring, es que sería la única manera de demostrar lo qué funciona y lo qué no. Y a pesar de que dicho argumento tiene parte de verdad, ignora convenientemente que todo lo que está prohibido en los deportes de combate, es lo más funcional y fácil de aplicar en la realidad:

  • Golpes a la garganta
  • Ataques a la ingle
  • Golpes a la nuca o columna
  • Rodillazos o patadas a un oponente derribado
  • Pisotones
  • Dedos hacia la cara/ojos
  • Luxación de articulaciones pequeñas
  • Morder
  • Tirar del pelo
  • Arañar, pellizcar o retorcer la carne
  • Estampar la cabeza del oponente contra el suelo
  • Agarrar la ropa y manipular a través de ella

Estas técnicas “sucias” —que para la naturaleza da igual si son legales, inmorales o lo que sea— son aplicadas comunmente en la calle. No hace falta más evidencia que corrobore su efectividad. De lo contrario, no estarían prohibidas.

LO REAL NO SE HACE VIRAL

También comentamos en el primer artículo que el practicante de hoy, según su propio testimonio, sería mucho más consciente de lo que es una pelea callejera que hace 20 años, debido a la facilidad con la que se comparten en las redes sociales.

La realidad no es tan simple: La mayoría consume únicamente lo que se hace viral. Y gran parte de estas peleas, —muchas de ellas comentadas por “expertos” reforzando así, su presunta «autenticidad»—, son peleas falsas en busca de viralización.

La mayoría de las peleas que se hacen virales son falsas

Y no me refiero a las peleas del Ring trasladadas al asfalto o al parque, que son auténtica pornografía de la violencia. Existen por un lado, duelos acordados que pretenden ser espontáneos, y por otro, situaciones de robo o agresión escenificadas. Ambos buscan desde simples visualizaciones, hasta crear un sentimiento en el espectador, a veces con la intención de polarizar ideologías e incluso de moldear la opinión pública.

Estos vídeos se caracterizan por:

  • Tener un ángulo estable, encuadrado, en el que nadie se atraviesa.
  • Tener técnicas limpias, muchas de sumisión.
  • No hay caídas accidentales, arrastres, etc.
  • Nadie interviene, no hay botellas, sillas volando, etc.
  • La violencia es limitada: no hay sangre, gente convulsionando o inconsciente.
  • Existe una narrativa con un claro ganador y un perdedor

Está comprobado que el algoritmo de viralización favorece el drama, la calidad y la narrativa, lo que impulsa casi siempre a las peleas escenificadas o producidas. Todo lo contrario de una pelea real: difícil de grabar bien —muchas veces ya está empezada—, desagradable de ver o entender —es un caos absoluto— y donde las sumisiones brillan por su ausencia, pues priman los impactos.

LO QUE NADIE QUIERE VER

La exposición a medios audiovisuales de “prestigio” como la UFC, con un alcance internacional y producciones de alto presupuesto, influye profundamente en la psique del espectador, además que abarca un máximo de personas. Esta influencia es tal que alimenta la creencia —no corroborada científicamente— de que las peleas se desarrollan de la misma manera en la realidad.

Por un lado, se ignora deliberadamente el condicionamiento deportivo de los atletas, pese a que este condiciona de forma decisiva el desenlace del combate. Por otro, la posibilidad que muchas de las peleas estelares estén amañadas resulta tan incómoda, que es mejor mirar hacia otro lado.

A pesar de ello, estas referencias deportivas son la base del programa de muchas escuelas de autodefensa, Krav Maga, etc. Lo que trae como resultado que durante la formación, se deseche lo que más sucede en la calle, para poner en su lugar, lo que casi nunca ocurre.

Paralelamente, la proliferación de falsas peleas refuerzan el imaginario del practicante «despierto» que imagina un uno a uno, empezando a distancia de intercambio —tal como en el ring— pero con escenografía de calle.  Lo cual se debe a que su alcance es infinitamente mayor, que las grabaciones podridas de CCTV, que nadie quiere ver.

Finalmente, tanto el contexto, como el desarrollo de una pelea en la calle es profundamente distinto a lo que se ve por canales de pago. En consecuencia, tenemos motivos más que fundados para no seguir el modelo deportivo como base para la autoprotección.

Dicho esto, sería de mala fe ignorar que el sparring aporta mucho valor, y además la influencia del MMA es tan fuerte que ha condicionado —en un porcentaje ínfimo, pero ahí está—, la pelea callejera.

Ahora, ¿qué valores aporta el sparring? ¿Y cuáles son sus defectos? ¿Es posible obtener su valía mediante otros medios? Todo esto y más, en la próxima —y última— parte.

Gracias por leer.

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